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Koek Koek, Stephen

Stephen Robert Koekkoek era miembro de una familia con más de cuatro generaciones de pintores. Pero él fue el primero en abandonar su continente natal hacia América latina. Su viaje por Perú, Bolivia, Chile y finalmente Argentina, esparce la obra y la leyenda de un artista exitoso, en búsqueda permanente de un estilo que dialoga con Turner, Sorolla, Goya y Van Gogh. 

A los 21 años cumplidos, Stephen viaja a las Américas, arrancando por Lima, pasando por Bolivia y, para 1914, asentándose en Chile. Es en Valparaíso, frente al mar, que Stephen se deja de buscar permisos de minería y de malvivir enseñando su lengua, y empieza a pintar.

Curiosamente, no lo hace con los paisajes que tiene delante, sino con lo que recuerda de su Londres. Los chilenos tienen vistas del Támesis y sus puentes bajo la bruma, pinturas casi monocromáticas que muestran un entendimiento natural y afilado del valor y el contraste, y un tránsito viejo con W. Turner.

Al año, Koekkoek está en Mendoza y presentando una exposición de vistas andinas y holandesas, una mezcla de molinos y picachos que arrasa con los mendocinos. El color y el tratamiento ya son postimpresionistas, pero la carga de materia recién empieza a apilarse en las telas: falta un paso para que Stephen se termine de volcar a su casi compatriota, Vincent Van Gogh. Mientras llega, Koekkoek hace amigos y termina casado, a los 27 años.

En 1916, Koekkoek se decide a bajar a Buenos Aires y mostrar lo suyo. Enseguida está exponiendo en Witcomb, en esos años sinónimo de prestigio, y posando para los catálogos con su triste cara afilada y guapa, de cuello Eton y cigarrillo en mano. Se empieza a ganar coleccionistas y admiradores, le castellanizan el nombre a Esteban Koek Koek, viaja constantemente a Chile, hace una gran exposición en Bahía Blanca –que, increíblemente, era un mercado para artistas– y otra en Montevideo, organizada por un abogado que pintaba en secreto llamado Pedro Figari.

Para 1919, después de alquilar un chalet en Banfield, Koekkoek se muda al centro a un atelier en la calle Florida. Hecho un dandy, llegaba a trabajar y se iba desnudando: el sombrero, el saco, el chaleco, los pantalones. En el salón quedaba un hombre en camisa, corbata y medias gruñendo a cada pincelada, dando saltitos como de gato entre los dos muebles del lugar, un atril de los pesados y un barril de jerez español subido a un fuerte caballete. El ritmo era maníaco y las pinturas más chicas tardaban quince minutos, con una hora como tope para una tela mayor.

Hacia 1925 descubre al joven Quinquela Martín –que era un lince para encontrar maestros– y pasa por facetas de homenaje a Van Gogh, a Goya y hasta a Sorolla, al que le admira la luminosidad y la maestría de pintar agua. Y también se empieza a volver loco.

En marzo de 1926, la policía detiene a un extranjero en pleno brote por los canteros de la plaza Lavalle. Koekkoek termina en el Borda –entonces llamado Hospicio de las Mercedes– a cargo de un psiquiatra simpático y de avanzada. Sus amigos le acercan telas y pinceles, con lo que Stephen de a poco abandona su convicción de ser Napoleón, deja de condecorar a los otros internos y se pone a trabajar. Sus médicos terminan coleccionando y el todavía internado envía obras a seis exposiciones en todo el país.

Lo que terminó de quebrar esta energía fue la crisis del 30, que secó la economía y el mercado del arte. Koekkoek, siempre vestido como un dandy, va bajando de hoteles, del Centro al Once y después a Constitución, pasando por alguna bohardilla porteña amueblada con cajones y un catre. Cada vez más aislado de la realidad o más indiferente, comienza a viajar por el interior y a Chile, con un pasaje que le regalan los Menéndez Behety. 

En 1934, a los 47 años, el hotelero de Santiago lo encuentra muerto en su cuarto. El mismo presidente chileno ordena una investigación y el diagnóstico es sobredosis de morfina mezclada con alcohol.

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